La niña blanca y los pájaros sin pies
Introducción
Fue una de las primeras cosas que me preguntó cuando vino a Nicaragua y nos conocimos. Si era posible visitar las ruinas de León Viejo. Yo nunca había tenido la oportunidad de hacerlo pero le contesté rápidamente que sí. Estaba interesada en escribir un relato histórico.
Mientras recorríamos las ruinas citó al cronista Oviedo, uno de los primeros cronistas españoles que vino a Tierra Firme: "En la costa del Sur o Mar Austral, a diez grados de la línea equinoccial, a la margen de la laguna y frente al humeante volcán".
Aquella ciudad desaparecida ya, abandonada en 1610, antes de cumplir los cien años de su fundación en 1524 por Hernández de Córdoba, había sido escenario de intrigas, pasiones y asesinatos.
Quería imaginarme la Iglesia Mayor al Este, el Episcopado al Sur... La casa del cabildo, la casa de fundición y de contratación. La fortaleza. Los monasterios.
Al fondo estaba como siempre el volcán Momotombo, más grande, más imponente que en los dibujos de Oviedo. Con mis ojos quería traspasar el tiempo, lo ignoto. Con mis oídos escuchar antiguas voces de seres humanos, que como nosotros, habían recorrido aquellas mismas calles enfrentando el futuro que era ahora pasado.
Entusiasmada comencé a relatarle a mi acompañante lo que yo imaginaba había sucedido en aquella ciudad cinco siglos atrás. A mi modo, con sencillez.
Él, por primera vez en muchos días, me escuchaba, me dejaba hablar sin interrumpir, sin corregirme. Grababa mis descripciones.
Se había enamorado repentinamente de mí. En parte porque éramos jóvenes, en parte porque le encantó mi entusiasmo cotidiano -me entregaba en forma total a mi trabajo de reportera-. Es mi oficio.
Me escuchaba paciente, en silencio -cosa inusitada-. Acaso confiaba en que yo me enamoraría también de él -a lo mejor ya lo estaba- pero en aquellos momentos me encontraba transportada a los años 1500.
Con mis manos palpaba los pocos muros en pie, las piedras.
Atardecía. Salió la luna y se reflejó en el lago; surgió el perfil del volcán y era una sombra nítida y al mismo tiempo difusa.
(Qué miedo!. (Qué ruido más extraño hacía el viento recorriendo la piel del lago! Las nubes esquivaban el enorme obstáculo que era el volcán, que en medio de aquel silencio, se oía como bramar. Sentí escalofríos.
Buscábamos un indicio, cualquier cosa que nos revelara algo del pasado... Escuchábamos atentos: quizás un susurro o un secreto filtrándose a través del tiempo. A lo mejor nada. La noche que se definía...
Yo quería conocer todas las sensaciones de vivir en aquel paisaje: los olores, los ruidos... Un amanecer. Y decidimos buscar hospedaje en el pueblito Momotombo.
De día, bajo el ardiente sol, recorrimos de nuevo aquel lugar. Quería aprovechar que me sentía llena de una sensación placentera. El olor del trópico estaba impregnado de vida. Era un olor fuerte, sano. Respiraba fuerte. Me sentía bien.
Miraba más allá el Xolotlán, el agua, los reflejos del sol en la superficie.
La realidad volaba sobre nosotros en la zona de aproximación al aeropuerto Internacional de Managua al otro lado del lago. Aviones despegaban o se acercaban.
Tomaba notas. Menos mal que así lo hice. No sabía entonces que algo inevitable me sucedería.
Y que él, cronista de este siglo, extranjero en Nicaragua venido a cubrir el proceso electoral, sería indirectamente el causante de mi infortunio.
Cuando fui sacudida por la adversidad perdí interés en mi trabajo, no quería escribir más, sentía como si las sombras cubrieran mi vida igual que en un eclipse total, como el que acabamos de presenciar.
Irónicamente fue él quien me instó a continuar, a seguir escribiendo, a corregir y pasar en limpio. Que no me detuviera... si lo hacía, estaría irremisiblemente perdida... para siempre.
Fue él quien...
Ha quedado fija en mi memoria la madrugada en León Viejo: el sol salía y se reflejaba en el extremo Este del lago. Se dibujaba su reflejo en el agua como una avenida dorada y luminosa que llegaba o arrancaba a mis pies -estaba yo en la orilla- y que iba desapareciendo a medida que ascendía. El perfil del volcán, caliente y amenazante, condensaba en su cima la fresca brisa y a medida que el sol lo iluminaba, iba surgiendo de la bruma espesa que dejaba libre el cono azul y airoso... Imponente.
Mi acompañante estaba impresionado... El tono de su voz, su acento... Sus frases rebuscadas. Todo me llevó a intuir lo que habían sentido mis protagonistas cuando se dio la colisión entre dos mundos ajenos, distantes, totalmente extraños...
Fue hace solamente quinientos años, cuando comenzaron a llegar los viajeros a esta Tierra Firme.

