Gabriela
“Llevo palos de rosas, helechos en macetas, gardenias, limonarias...”
Me bañaba yo esa mañana en el lujoso baño de mi residencia,
totalmente enchapado en mármol italiano, y el agua de temperatura
controlada mojaba deliciosamente mi cuerpo, cuando escuché la
dulcísima voz de la vendedora de plantas pregonando su mercancía.
En Nicaragua es costumbre que los vendedores ambulantes anuncien
a grandes voces los artículos o servicios que ofrecen, y por lo mismo
estoy más que familiarizada con tales pregones. Otras muchas
vendedoras he escuchado, pero la voz de esa mujer aquella mañana me conmovió hondamente. La sentí como que me llamaba a mí,
especialmente a mí.
“Llevo palos de rosas, helechos en macetas, gardenias, limonarias...”
Sonaba a música el pregón y me embrujaba.
Mi casa es una hermosísima casa. Mi dormitorio queda muy retirado
de la calle, no obstante, yo sentía la voz de la mujer acercándose, la oí
casi junto a mí, urgiéndome... y entonces, comprendí que me buscaba,
que traía un mensaje especial para mí.
Me sequé rápidamente, me vestí, até mis cabellos en una simple cola de caballo y me lancé a la calle.
La divisé... Era una silueta de mujer campesina, pequeña, gordita, con
el pelo recogido en una sola trenza negra que le caía casi hasta la
cintura; en la cabeza cargaba un canasto con palos de rosas y
diferentes plantas.
Batí en palmas mis manos, le grité...
“Vendedora de rosas... vendedoooraaaa...”
Ella volteó la cabeza y me sonrió...
“Llevo palos de rosas, helechos en macetas, gardenias, limonarias...”
¿Por qué, aunque la vendedora se veía tan lejos, su voz sonaba tan cerca de mis oídos?
Subí a mi auto, lo puse en marcha. La mujer parecía tener alas en los
pies descalzos. De vez en cuando volteaba y me sonreía con una
sonrisa que me era conocida, que me recordaba a alguien, y la voz,
la voz de aquella mujer me impulsaba a seguir, seguir tras ella.
Perdí la noción del tiempo. Sentía una extraña sensación. Aunque me
daba cuenta de que iba sobre la carretera sur, no conducía con pleno
dominio de mis facultades, iba impulsada, empujada...¡qué sé yo...!
Y ya tomaba la vía que conduce de las Cuatro Esquinas a San Marcos,
esa bella carretera sombreada de árboles que siempre me ha
fascinado. ―Fue allí, en el punto preciso de la carretera donde un rótulo indica: Se dan lecciones de equitación, que supe que algo irreal me estaba sucediendo―. Vi cómo el viento había destrenzado el pelo
a aquella desconocida mujer que, sin embargo yo trataba de recordar...¡y de repente, comprendí!
No sé como me vi por el espejo retrovisor, y a mí también se me había
soltado el cabello y me flotaba, nos flotaba suelto y el viento nos lo
pasaba por la frente y los ojos —y así tapaba mi vida presente—, y ya no tuve que seguir a aquella mujer porque aparqué mi auto, me saqué los finos zapatos italianos que había recién comprado en Miami y empecé a caminar descalza.
Sentí un dulce peso sobre mi cabeza y el perfume de rosas y limoneros
“Llevo palos de rosas, helechos en macetas, gardenias, limonarias...”
Acaricié la tierra fresca con mis plantas desnudas, entré a un huerto
donde había muchas rosas, helechos, gardenias, limonarias. Aspiré el
perfume purísimo, y, obedeciendo a otro impulso, junté un ramo con las flores más bellas que encontré. Ya sin ninguna duda, corrí hasta el
pequeño cementerio que adiviné muy cerca, me dirigí sin vacilar hacia
una tumba, mi tumba, y me sentí feliz leyendo:
Gabriela Sánchez
* 1807 - † 1835
(Las Colinas-Managua, Nicaragua 1976)

