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Silencio de alas


Pas de deux

Al doblar la esquina en el inmenso mural, corría la niña vestida de ballerina en
las Sierras del Jicarón huyendo del mono horrorizada del animal que chillaba
tras ella herido, rábico; segura muerte en el lodo pintado.

Ascendente, mantenía intacta su estrella; la gracia elevada en su mano
y la curvatura de sus pies presentadas a la luz de la luna. Las mañanas frescas, soleadas convidaban a la figuración de personalidades disfrazadas que jugaban
entre el verde. Bajar del árbol sin rasguños fue siempre un reto. Subirlo, la aventuraba a buscar huellas de nidos entre sus ramas; leyendas evolutivas en
los anillos de su tronco.

Asombrada desde la colina divisaba el guindo y sus alrededores prolíferos de fauna reptil bajo guirnaldas de abundantes florecitas vecinas de caimitos, moras, pijivalles y tronadores frutos que saboreaba al silbido del viento mientras llegaba la hora de satisfacer el balance adulto de las cosas entre la jocosidad y
el temor a la reprimenda de no tragar la ensalada en vinagreta del almuerzo en casa.

Por las tardes, levantaba el polvo en briosos caballos provocando ladridos de perros flacos por caminos que aún ocultan enanitos descalzos en el cielo.

A la tenue luz del candil arreciaba la lluvia, el frío, el silencio.