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Silencio de alas


El viejo

Al oír el eco del alarido supo que al fin había llegado.
Acomodó sus cosas y salió tras la voz ronca que recordaba lamentándose
al piano. Desde la calle la sorprendió la señal del tiempo en aquel lugar. Repasó
el entorno acompañada de un cognac que degustaba a tragos lentos.
Las imágenes traspuestas opacaban la memoria de una larga agonía entre el aroma y el humo.

Sola con él por el camino más corto de su vida le había confiado el don de su pipa; su única pertenencia sostenida entre sus arrugados dedos. El caos del universo contradecía su pensamiento positivo que escapaba del ámbar precioso de la madera apretada en su pequeña mano.

Cadenciosa buscó la luna creciente dejando atrás el piano entre la niebla
y el calor en la penumbra.