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Colectiva: Las cuentistas nicas: el poder de contar- III Parte


Por: Helena Ramos

Periodista cultural, poeta, investigadora literaria


III Parte y final

De manera paralela con la narrativa insurgente y experimental siguió publicándose a inicios del siglo XXI la de índole tradicional –lo cual no quiere decir necesariamente mala– que no deja de tener adeptos en los círculos literarios y entre el público lector.

En 2002 obtuvo el Premio Único del Primer Concurso Nacional de Narrativa Escrita por Mujeres María Teresa Sánchez el libro Cuentos de retazos de amor y de tiempo (Managua: Ediciones Distribuidora Cultural, 2002) de Elioconda Cardoza (1945), cuentista y ensayista, que celebró con este galardón su debut literario. Se trata de una obra evocadora y naïf, que, según el dictamen del jurado, posee "una gran frescura narrativa (...) e intensidad en la descripción de sentimientos".

Oky Argüello (1955) editó Cuentos para adultos niños (Managua: Fondo Editorial CIRA, 2002), ambientados en su mayoría en Guatemala –donde ella ha vivido de 1978 a 1995, exceptuando unos años que pasó en México y en Gran Bretaña– con elementos fantásticos pero sin obvia influencia de los escritores del boom de la novela latinoamericana. Por ejemplo, en El mundo allá afuera casi todo lo "maravilloso" –es decir, fuera del orden de las cosas que solemos aceptar como natural– se limita a la siguiente frase: "Para su mala suerte, el coronel Rodríguez reencarnó en Rosa Chamac, séptima y última hija de un matrimonio indígena en un caserío por Playa Grande, Quiché, en el Triángulo Ixchil. El resto es de un realismo de crudeza moderada (al hablar de moderación me refiero al lenguaje, no al argumento, que sí es extremo: miseria, enfermedades, hambre, torturas, violación, masacre).

En las narraciones de Cardoza prevalece una atmósfera lírica, de colores pastel; Argüello tiene más elementos de humor y combina descripciones que rezuman un sentimentalismo casi victoriano –a la Charles Dickens (1812-1870) en sus mejores y peores páginas– con escenas detalladas, aunque un tanto esquemáticas, del aquelarre de la violencia política.

Ninozka Chacón (1947) reunió sus poemas y cuentos en un solo volumen, Perfume de luna (Managua: URACCAN, Colección Centenario, 2003). El libro patentiza la comprensión de la naturaleza multicultural de Nicaragua y suma a la escritora al grupo de artistas del Pacífico deslumbradas por el Caribe. Chacón no escapa del exotismo y del tópico romanticón, pero, en sus piezas mejor logradas, transmite una atmósfera festiva, policroma, exuberante, en ocasiones mágica.

Olga María Icaza de Chávez (1948) debutó tardíamente con Recuerdos y vivencias (Managua: edición personal, 2003), un conjunto de escritos en verso y prosa redactados con mucho fervor y poco oficio durante “largos y profundos paréntesis de soledad” de la autora. Descuella el cuento La princesa está triste, un devoto remake de la biografía de la princesa Diana de Gales (1961-1997) enflorado de reminiscencias darianas.

Morada de valientes (León: Editorial Universitaria, UNAN-León, 2004) de María Celia Sandino Baus (1967) está escrito con una prosa muy correcta y limpia –una cualidad no desdeñable– pero los personajes de estos cuentos de hadas, sean mujeres, hombres o animales, son abrumadoramente correctos y por eso mismo acartonados.

Dos libros sui géneris

En el primer lustro del nuevo siglo vieron a luz dos colecciones de cuentos que, si bien no pueden calificarse como tradicionales, tampoco se ubican en el marco de la cuentística moderna (aunque una de las características de esta es precisamente la ausencia de normas rígidas).

En 2000 la novel y joven Xóchitl María Cristina Rodríguez Escobar (1982) recibió el premio de la actualmente extinta Fundación Cultural Nicaragüense Nuevo Siglo (Funisiglo) por el libro de cuentos infantiles Primeros pasos (Managua: Ediciones Distribuidora Cultural/EDIGRAPSA, 2000). Los textos, unos en mayor grado que otros, tienen una gracia un poco torpe, primitiva, fresca, aunque estropeada por alta dosis de moralina.

La prolífica Juana Vargas Tejada (1946), que hasta la fecha ha publicado tres poemarios y una biografía en prosa y verso, editó Cuentos para niños muy niños (Managua: edición personal, 2002), un título, a mi ver, no muy acertado. Son más bien estampas líricas, en su mayoría demasiado vagas para el público infantil, con ciertos elementos de suave surrealismo sorpresivo y de escritura automática, como en este párrafo: “Era un castillo olvidado en el corazón del campo, ahí vivía un hombrecito, tan bajito que se confundía con un niño. Llegó un hombre, se introdujo en el castillo, recorría con ojos asustados como de búho sed, se guía a paso de liebre, veía y veía, con prisa va y va, busca con curiosa prisa, un pájaro grande observa con ojos de galaxias, abre el pico y parece paraguas negro con olor y azufre y forma horrible” (Ciencia ficción).

La supermujer y su reverso

Aunque ninguna de las escritoras de la tendencia “tradicionalista” prioriza el tema del papel que las mujeres desempeñamos en la sociedad, los signos de los tiempos resultan perceptibles: las protagonistas ya no consagran su existencia únicamente al cuidado de la familia y son más activas y asertivas, a veces hasta heroicas. En Mangues y su princesa Xóchitl de Rodríguez Escobar, la personaje es designada por los dioses –pese a cierta resistencia del padre de la jovencita, que no entiende por qué han escogido a ella y no a uno de sus hermanos varones– para combatir a un demonio, a quien logra vencer pereciendo también en la batalla. Al saberlo, el novio de Xóchitl, Atzamatl, se lanza a la boca del volcán.

Por un lado, estamos ante una inversión del paradigma tradicional “hombre valeroso/mujer amante”, pero llama la atención el hecho que Xóchitl haya sido elegida para la tarea no sólo por el arte de manejar el arma, “la sabiduría de su mente” y la “nobleza de corazón” sino por sus “dotes hacendosas de mujer”. O sea, adquirimos nuevas atribuciones, poderes y derechos sin deponer las obligaciones ancestralmente consideradas “femeninas” y sin tener con quién compartir la carga.

En La niña que enseñó a su padre de Vargas Tejada, la visión es similar: la muchacha, a quien su progenitor encerraba en la casa por temor a perderla, consigue superarse: “Se gradúa de abogada, se casa, y ayuda a su padre”.

El seductivo modelo de supermujer con suficiente tiempo, afecto y voluntad para todo y para todos pretende ignorar la imposibilidad de sostener tal perfección y nos hace caer en la trampa de no dar nunca la talla ya no sólo como ángeles del hogar sino también como superantes en cualquier actividad que emprendiéramos.

Dos caras de lo fantástico

Los libros de Betty Lacayo (1960), Cynara Michelle Medina (1971), María del Carmen Pérez Cuadra (1971) y Blanca Castellón (1958) ya caben en la cuentística moderna.

Los cuentos de Más allá del alarido (Managua: Xerox de Nicaragua, 2001) de Lacayo, aunque escritos en su mayoría en los años 80, parten de una mirada llena de “tolerancia, asco y pesar” (El alarido) para con la sociedad, una concepción más propia de la época posutópica. El investigador literario nicaragüense Nicasio Urbina afirma en la presentación del libro, titulada Una visión cristalina del fango, que tras la sencillez narrativa “se esconde un mundo muy obtuso y complicado”. Allí lo fantástico no es liberador sino que deviene, las más veces, “una pesadilla kafkiana, alucinante, extraña, negra y fría” (El otro lado del espejo).

Es muy distinto el tono de Polvo de ángel (Managua: Ediciones 400 Elefantes, 2002) de Medina, periodista y crítica de cine cuyos cuentos obtuvieron menciones de honor en los Certámenes Interuniversitarios de Cultura en 1994 y 1995 y en 2000 se acreditaron el segundo lugar en la primera edición de los Juegos Florales Centroamericanos, con sede en León. Se trata de un libro amable e irónico, que traza, con elegante sencillez, un mundo habitado por ángeles buena onda, espantapájaros ajedrecistas y personas con el don de asombro.

Los escritos de Lacayo y Medina no reflejan particular interés en las vivencias femeninas específicas pero sus protagonistas, aún en situaciones difíciles, son mucho más autónomas que sus antecesoras generacionales.

Tras las cosas queridas

María del Carmen Pérez Cuadra –una de las literatas nicaragüenses más polifacéticas, pues cultiva el ensayo, el cuento, la poesía y la novela– centra su escritura en las diversas y contradictorias facetas de ser mujer.

Sus poemarios, aún inéditos, recibieron menciones de la primera (2003) y la tercera (2005) ediciones del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres Mariana Sansón.

En 2004, su obra Sin luz artificial (Narraciones) (Managua: Fondo Editorial CIRA, 2004) se hizo merecedora del Premio Único del Concurso Centroamericano de Literatura Escrita por Mujeres Rafaela Contreras, rama de cuento.

Son textos desenfadados, agridulces, inclementes. La mujer del cuento Sin luz artificial, que le da nombre a la colección, dice sobre sí misma: “…no soy ni buena ni mala, ni dulce ni salada”. Así son todos los personajes de María del Carmen, e incluso cuando se les podría calificar de “víctimas del sistema androcéntrico y heterosexista”, esa no es la única ni principal dimensión suya.

En el prólogo del libro en cuestión el investigador literario estadounidense Willy Muñoz indica: “Varios de sus personajes son mujeres que escriben de sus experiencias, ficcionalizan su realidad, paradoja autoconsciente que tiene como fin borrar los límites entre la realidad y la ficción”. Además, Pérez Cuadra no se refiere a la escritura “en general” sino que se adentra en las experiencias de las intelectuales subalternas agobiadas por las carencias, siendo quizá la más cruel la falta de tiempo para escribir.

“Pasó la semana y nunca tuve tiempo. No noté ninguna señal de que mis hijos estuvieran creciendo. En cambio yo me miraba más vieja, más apagada que nunca. Llegó mi esposo en la tarde del viernes. Lo recibí con mucha alegría, era mi amor que regresaba. Le di de comer, tuve la ropa limpia y planchada, todo en orden; le di mi amor, mi calor, todo mi cuerpo entero para él. El domingo quise tomarme un rato para escribir las cuatro páginas que llevaba de retraso en mis planes de escritora. Para eso planifiqué hacer espaguetis con queso y listo, a escribir. Mi esposo protestó. Dijo que esa era comida de estudiante soltero, que cocinara otra cosa”. (Correr tras las cosas queridas).

Los hombres no están dispuestos a fundirse en su fuego

Blanca Castellón, luego de tres poemarios, publicó Los juegos de Elisa (México D. F.: Solar Servicios Editoriales, Colección Minimalia Erótica, 2004; 2ª edición: Managua: Editorial Decenio, 2005), calificado en la ficha editorial como poesía; según mi criterio, se trata de narrativa breve.

Leonel Delgado señala, en su ya mencionado ensayo Blanca Castellón y el espíritu de la poesía, que ella “desestabiliza siempre el discurso cotidiano, cuando lo hace tropezar con las convenciones del discurso poético” y “ayuda a desembarazar la retórica exteriorista femenina”. Todas estas observaciones son aplicables a Los juegos de Elisa: un libro de sustantivos, verbos y adjetivos inquietantes, que, en un desahogo de metáforas, configura un ámbito de grácil inestabilidad que gira alrededor de tres eternidades cardinales usuales y prístinas: la palabra –con su jugo, juego y fuego–, el amor y la muerte. Hay en los textos una sensualidad recóndita, maliciosa, tanto más eficaz cuanto menos explícita: “Juega con un clavel como si fuera un varón. Lo entretiene unas horas en su jarrón. Se muerde los labios hasta que sangran, para nombrarlo en rojo”.

Al igual que muchas de las protagonistas de Pérez Cuadra, Elisa es artista, mas no le toca lidiar con aprietos de economía doméstica sino con esas limitaciones intangibles y rigurosas que imponen a las mujeres nuestros papeles de hija, esposamante, madre y, en el caso particular de Elisa, también de una dama de sociedad. Por supuesto, las intelectuales subalternas no están ajenas a tales problemas (excepto el último), sólo que para ellas aparecen disimulados por exigencias prácticas. En cambio, el esposo de Elisa no le pediría una cena sofisticada –pues de la cocina se encarga la empleada– sino que fuera “femenina”, es decir, en permanente sincronía con los deseos y estados anímicos de él. Pero cuando Pablo Neruda (1904-1973) dice: “Me gustas cuando callas”, Castellón replica: “Se corta la lengua como cualquier fruto del jardín. La coloca sobre el pecho amado. Es lo único que se le ocurre para amar en silencio”.

En manos del tiempo

Algunas cuentistas hasta la fecha inéditas en libro aparecen en recopilaciones que, desafortunadamente, suelen tener limitada divulgación aun cuando sus tirajes –a veces, hasta de 1,000 ó 1,200 ejemplares– no pueden considerarse exiguos para Nicaragua.

La antología En manos del tiempo/Poesía y prosa (Managua: Editorial Quinto Sol, 2000), preparada por la Asociación de Promotores de la Cultura (APC), incluye cuentos de Martha Calero (1950), Emilia Torres (1954) y Els Van Poppel.

De Calero, promotora cultural, poeta y narradora, están “Agosto 1959” y “Algo ha pasado”; el primero es un original, sugestivo híbrido entre un relato histórico y un cuento de fantasmas; el segundo, un monólogo malogrado, extraviado entre lo caótico y lo onírico.

La cuentista Emilia Torres, Presidenta de la APC y política de larga trayectoria –incluso estuvo integrada a la Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional– participa en el volumen con Como bailarina en noche de estreno y Godofredo, ambos dotados de lirismo y suspense. Torres ya tiene suficiente material para publicar un libro pero aún no se ha decidido a hacerlo.

Van Poppel, directora teatral de origen holandés que vive en Nicaragua desde 1982, debutó con El Cumiche, un cuento humorístico de desenlace sorpresivamente trivial. ¡Tamaño despliegue de encanto para un propósito tan mezquino! (me refiero al personaje, no a la autora).

Terror y humor

Otra colección, Grito de nuevas voces (primera entrega) (Managua: Asociación para el Desarrollo Cultural CAMINO, 2001), reúne los cuentos de 16 autores en ese entonces noveles, de los cuales cinco son mujeres: Chrisnel Sánchez Argüello (1979), María Estela García Flores (1953), Alba Patricia Ordóñez (1986), María de los Ángeles Santos Campos (1983) y Martha Sofía Amaya Delgado (1979). A excepción de Chrisnel, acusan escaso dominio de las técnicas narrativas; no han vuelto a publicar y se perdieron del panorama literario.

Sánchez Argüello –periodista, narradora e investigadora literaria residente en Colombia– aborda con buen suceso temas propios del subgénero de terror. El periodista y escritor nicaragüense Edwin Sánchez en el artículo Chrisnel Sánchez y la nueva literatura publicado en El Nuevo Diario el 22 de diciembre de 2001, habla de “vocación de contundencia” de sus escritos “candentes y a la vez refrescantes”. Grito… comprende tres: ¿Puede alguien decirme qué está pasando?, La coleccionista, y Un mundo irreal.

En la segunda pieza, de notable eficacia literaria, el tono sereno, estrictamente cotidiano de la narración hace más impactante la historia, cuya similitud nada evidente con El coleccionista (1963) de John Fowles (1926-2005) se manifiesta a un nivel profundo. La novela está basada en un caso de psicopatía, en el cuento se trata de un “maldito sortilegio”, pero él y la protagonista tienen en común una característica esencial: el impulso de cosificar a las personas para poder “tenerlas”.

Gloria Elena Espinoza de Tercero (1948), que ya había publicado tres novelas, un libro de ensayos y otro de teatro, ha incluido algunos cuentos suyos en Anécdotas nicaragüenses II (Managua: Distribuidora Cultural, 2006). De raíz costumbrista –pues la autora es devota de la ciudad de León y de sus tradiciones– no saben a añejo y seducen con su delicado humor.

Voces caribeñas

El Caribe nicaragüense ha producido, hasta ahora, pocas narradoras. Considero a Deborah Robb (1965) la más notable, y no por ser casi la única. Ha publicado The Times & Life of Bluefields-An Intergenerational Dialogue (Managua: Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, 2005). Norman Caldera, genealogista nicaragüense, escribió sobre Deborah en el texto de la contraportada del libro: “Es realmente pluridisciplinaria y polifacética. En esta obra ella transmite sus habilidades como socióloga, historiadora, novelista, activista de derechos humanos, cocinera, coreógrafa y antropóloga; pero sobre todo eso se ha revelado ella misma como escritora de fácil pluma y aguda observadora de la historia de Bluefields”. Además, es poeta y prosista bilingüe que maneja con similar destreza el inglés y el español.

El cuento de Robb, Cayo Doreth (Doreth’s Cay) obtuvo el primer lugar en el Concurso Centenario de la ciudad de Bluefields, convocado por la Academia Diplomática del Ministerio de las Relaciones Exteriores de Nicaragua, y vio la luz en Leyendas de la Costa Atlántica (Managua: URACCAN, Colección Centenario, 2003) que agrupa textos de seis autores distinguidos en el certamen. Cayo Doreth concentra en pocas páginas una impresionante plétora de un relato costumbrista, suspense e historia. Reproduzco los párrafos iniciales para excitar las ganas de seguir leyendo:

“Siempre que voy a Laguna de Perlas, pasa algo raro. Como el último Viernes Santo, cuando la planta eléctrica falló en medio de una noche sin luna y una manada de caballos bajó la calle principal en estampida sin que nadie pudiese decir de dónde vino y adónde iba. Para cuando la gente salió a la calle con focos y lámparas de kerosén, los caballos eran ya sólo un estruendo en la sabana”.

“Esta tierra es pesada”, así lo explica Gramma Emily, pues lo suyo es la superstición. Es a la fecha de hoy y la vieja señora todavía reza en cada esquina antes de abrir una sola ventana o puerta de su casa. Yo no, para mí la estampida de caballos esa fue típica travesura de la Noche de Judas. No desdeño lo mágico pero tampoco lo respeto demasiado, excepto cuando la mañana se pone tan serenamente bella que a una no le queda más que ser feliz. Son estas mañanas que me llevan a la laguna: a ver salir un enorme sol rojizo de la punta verde que separa el agua dulce del mar salado; a ver cayucos y pelícanos deslizarse sobre la corriente hacia Haulover; a ver los hombres sin camisa bañar sus caballos en lo raso mientras sus perros juegan como niños en el agua.

Y nada tan raro me había ocurrido antes de haberle disparado, sin motivo, a David Cayasso. Lutan me dijo que el ánima de Doreth Fox tomó posesión de mí. A la propia Doreth la mataron de un balazo allá por los años 30, pero la gente en Laguna de Perlas aún la recuerda como una mujer fuerte y tal vez porque era tan macho algunos, como Lutan, llegan a pensar que era realmente mala. Otros dirían que este relato es puro cuento, una especie de alegato de demencia, considerando lo que sucedió ese día en Cayo Doreth.

Otra mujer incluida en Leyendas… es Zarifet Bermúdez Jureidini (1953), quien recibió una mención honorífica por La leyenda de Figá: una narración ingenua, de mayores virtudes humanitarias que literarias.

Diversas y dispersas

Existe también un nutrido grupo de autoras cuyos cuentos están dispersos y/o inéditos y resultan difíciles de situar en un marco cronológico: Ángela Saballos (1944), Teresa Codina (1945), Gloriantonia Henríquez (1948), María Lourdes Pallais (1953), Linda Wong-Valle (1958), Helen Dixon (1958), Rosa Cassidy Tünnermann (1963), Mildred Largaespada, Martha Cecilia Ruiz (1972)…

Saballos, una de las periodistas pioneras del país, muy poco ha dado a conocer su abundante y variada producción cuentística, en el marco de la cual había explorado, entre otros, un género todavía incipiente en Nicaragua: el policíaco. También es buena retratista y ha creado una galería de personajes femeninos sin sesgo victimista o triunfalista.

Codina, “mujer de muchas letras y artefactos” de origen catalán, vive en Nicaragua desde 1981. Artista visual, también escribe unas narraciones difíciles de clasificar, semejantes a cartas al desgaire o a fragmentos de un diario que ella, hasta donde sé, no lleva. El haber hecho de la sofisticada informalidad un método y un modus vivendi no le impide colisionar muy dignamente con las realidades despellejadas. Por ejemplo, en Los otros la narradora-protagonista descubre que un amigo suyo, ex guerrillero salvadoreño, “bueno como el pan, valeverguista irónico”, había violado a una niña de 10 años, hija de su compañera Sara, refugiada guatemalteca. El final no es feliz –¿de qué felicidad se puede hablar en estas circunstancias?– pero tampoco el peor posible, pues la mujer elige a su hija y no al hombre: “Dile que me fui, que le dejé la cocina, que pase a retirar nuestros documentos por ACNUR. Ya no me iré con él a El Salvador”.

Las búsquedas

Gloriantonia Henríquez –poeta, traductora, investigadora literaria y cuentista apenas conocida en todas y cada una de sus facetas– vive en París a partir de 1984. Su poemario Primera vigilia (León: Editorial Universitaria UNAN-León, 2006) –por ahora, su único libro publicado– recibió una mención del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres Mariana Sansón de 2004. En la colección Tetralogía del río renueva, por medio de técnicas modernas y exquisitas, un tema muy usual pero inagotable: los recueros de infancia.

La periodista y narradora María Lourdes Pallais, residente en México, ha publicado dos novelas; la segunda, Prisionera de mi tío/Ficción y memoria con sello Somoza (Managua: Fondo Editorial CIRA, 2006) se acreditó el Premio Único del Concurso Centroamericano de Literatura Escrita por Mujeres Rafaela Contreras de 2006. El tema recurrente de sus cuentos, pocos pero memorables, “agudos como cristal de una ventana rota” (El señor comandante) es el poder con sus aristas fascinantes o atroces.

Linda Wong-Valle, que ha editado cinco brevísimos poemarios, también escribe cuentos de humor ácido y saltarín.

Rosa Cassidy Tünnermann, poeta y cuentista, radica en los Estados Unidos. En los cuentos mejor logrados, como, por ejemplo, Mi tía la bruja y La niña de tul celeste, penetra el misterio del nacer y del morir.

Tres feministas disímiles

Helen Dixon, británica nacionalizada nicaragüense –anida en el país desde 1988– ha editado ya un poemario bilingüe. Feminista combativa, con frecuencia aborda en su obra –especialmente en las narraciones, cercanas a la prosa poética– vivencias de las mujeres que se atreven a transitar nuevos caminos, lo cual las conduce, entre otras cosas, a explorar su sexualidad sin tabúes.

Los pocos cuentos que había publicado Mildred Largaespada, perwwiodista con residencia en España –y también feminista convencida– describen, con apenas un toquecito de lo “mágico”, la solidaridad femenina que nos facilita la elaboración de los duelos. Por ejemplo, en Las visitantes Susana, quien acaba de perder a su padre, recibe un generoso consuelo de sus congéneres que la encuentran guiadas por una estela de dolor que ella deja tras sí. Al calor del amparo, sana: “Al décimo día nadie tocó a su puerta, pero no hacía falta. La pena se había disipado, extinguido o repartido entre todas esas mujeres que habían acudido para quitarle el peso de encima. Al parecer, su estela de dolor ya no marcaba el camino del cementerio hacia su casa y viceversa”.

Martha Cecilia Ruiz, también periodista, feminista y aparte de eso poeta, prefiere explotar el filón humorístico de las cuitas y los clavos, para que podamos despedirnos de nuestro pasado riendo. Para muestra, un cuento cortísimo y campante: “La Internet, y sobre todo el correo electrónico sirven para muchas cosas. A mí, para enterarme de que mi marido me engañaba con mi mejor amiga. No lo culpo, yo también lo hice. Ella era irresistible” (“TIC”).

Lista en progreso

Para finalizar, añado que numerosas autoras han incursionado en el cuento de manera esporádica o casi no han dado a conocer esta faceta suya: Ligia Guillén (1939), Suad Marcos Frech (1946), Milagros Palma (1949), Amelia Barahona (1951), María Gallo (1954), Luz Marina Acosta (1955), Ninoska Castrillo (1955), Karla Sánchez (1958), Helena Ramos (1960), Carola Brantome (1961), Tania Montenegro (1969), Marta Leonor González (1972), Mecker Geraldine Möller (1972), Lucía Martínez Salvo (1976), Yaosca Tijerino (1979), Tamara May Baltodano (1983), Tania López (1984)…

Con toda seguridad he omitido a alguien pero juro que es sólo por desconocimiento. Además, la literatura siempre es work in progress, en cualquier momento pueden surgir nuevos nombres.

Revista 7 Días. Edición 510 del 18 al 24 de Diciembre del 2006 Managua, Nicaragua. 1 diciembre 2006